Seres destruidos
Hoy conocí un ser destruido, una vecina que antes era alegre. Supongo que se preguntarán por qué sé que está destruida, y eso es precisamente, lo que pretendo exponer. El nacimiento de un ser destruido que, en sus comienzos, fue un ser pleno, arrancado de la felicidad para siempre, por hechos que engloban viles circunstancias vitales, como la vida misma. Las alegrías también perecen.
El primer ser destruido que conocí, fue ella, la vecina. Corro el riesgo de ser poco objetivo, pero la exposición de los hechos y su manera de reaccionar y de enfrentarse a la vida, me ha acabado declinándome por esta legítima definición.
¿Cómo saber que realmente es un ser destruido, y no un simple mal que se pueda erradicar o curar en las caprichosas aguas turbias y celestes del alma?
Podemos sintetizarlo del siguiente modo: porque antes-fue, lo que no puede ser-ahora. ¿Qué quiero decir con esto? En varias frases, perder la seguridad que otorga la felicidad de ser pleno, por ser un pleno fracasado que ve. La pérdida del fue feliz, por un soy infeliz. La destrucción se produce por la anestesia del deseo en la pérdida de algo irrecuperable, por ejemplo, la felicidad en la sociedad, o la obtención escalada de algún bien o posición inalcanzable; o más drásticamente, la respiración del tiempo por los poros de la piel: la pérdida de la salud en cada gota de aire que se escapa sin ser recuperada. Como dijo Freud: “El hombre es básicamente cruel, dispuesto a usar la fuerza y el poder para satisfacer sus deseos, siendo la sociedad un mecanismo depresor—u opresor—como mal necesario”. También Hobb sostenía otra versión del ser humano destruido: “Lo que de verdad mueve al hombre es su miedo y su egoísmo”. ¿Cómo no sentirse destruido ante tales verdades como fuerzas absolutas?
La respuesta: extingamos el deseo y la voluntad; prometámosle algo que no se pueda imaginar en sus animales deseos y que le satisfaga hasta no poder cansarse o decir basta… ¿qué os parece como nuevo cielo o credo? Decirle esto a un perro como base de ejemplo, y que no caiga en saco roto: un día volarás como los ángeles. No lo entenderá, pero esto mismo creen muchos “humanizados”.
Fijaros el contraste de seres destruidos: “¿por qué el papá no va a Somalia, o hace la visita a países tercer mundistas”. Si Cristo está en mí, como aforismo de su doctrina, ¿no tendré que demostrárselo a los demás que no lo han visto o no saben cómo hacerlo? ¿O como apoyo? Mentiras baratas, cuando en África se alimentan del aire por el que vuelan las moscas que se posan en sus caras afiladas por el hambre.
La vecina de la que os hablo, es un ser destruido en su totalidad, ha perdido un brazo, y la movilidad en un 40% de su pierna derecha; su movilidad humana ha sido destruida por un <
¿Cómo resolver tal problema y poder mirarla a la cara llena de penas irreconocibles para el que observa, y padece por un momento su misma desgracia en la visión que le produce experimentarlo? Del siguiente modo: “Esta persona sufre, es desgraciada—ahora viene la solución—, es mi deber compadecerme de ella, pero sólo un momento, pues estoy obligado a ser feliz con lo que tengo; la salud que ella no tiene, debo disfrutarla, pues puedo perderla en cualquier momento”. ¿Habrá ser y pensamiento unidos más destructivos y egoístas que los que planteo?
Pues sí. La religión, escritos de mentes humanas débiles, pero astutas a la hora de poner trampas a los pies libres… ¿por qué la Iglesia tiene su propia banca, por qué sus creyentes son personas envejecidas por falta de una fe renovada? ¿No hay que tener fe, o acaso es un efectivo invento humano para ponerse a la cola de los más desfavorecidos? ¡Ostras, que los santos van primero! Ya, ya me aparto a un lado. ¿Por qué la opulencia de una Iglesia metafísica? He aquí una verdad que crece: para quitar un nudo, primero, muérdelo.
Sin brazo y movilidad reducida puedes vivir—mal vivir, siendo sinceros—; sin embargo, hay casos más drásticos que harían plantearse nuestra supuesta existencia divina a más de uno, que se puede visitar como en cualquier museo de lo macabro en cualquier hospital para el lampiño, que con horror contemplará, con los ojos en lágrimas, el ergástulo que ve y siente. ¿Qué os sale cuando ves el dolor en la voz embotada?
Tenemos dos tipos más genéricos de seres destruidos, como son el egoísta arraigado, y el mentor frustrado. El egoísta arraigado es aquél que, viendo los intereses del mundo, ha hecho fruto, los suyos propios de tal árbol, en otras palabras, justifica y disfruta su comportamiento con la embaucación, el engaño de la amistad, el arrastre de otros más débiles a ideas propias o iniciativas de cosecha personal, y otro sin fin de idiotas del mundo como fuente y mecanismo de intereses. Éste ser se encuentra en libertad, y puede pagar fianzas con el dinero de los demás, que le siguen alabando como un Dios que escapa de la ciega o tuerta justicia: depende del caso. Toda la composición del mundo es para él un traje a medida, pues no hay falta que no esté justificada y sancionada estrechamente, contra más alto en la pirámide; ¿dónde está el Rá de la justicia aquí? ¡Trabajad esclavos del destino! Sois las piedras de abajo, para recordar lo alto que es una cúspide.
Ahí entran en la categoría de gobernantes muchos de ellos—por no decir todos, los que no tienen suficientes favores para canjear—, y que, inteligentemente han hecho las formas de su gobierno las de “su modo de vivir”. ¿Cómo creéis sino que han creado las formas de masificación como la inmortalidad de sus actos?
Más tarde, surge el mentor frustrado. Ser complejo que, entendiendo las faltas del mundo desprecia la humanidad y quiere corregirla con la moral. Un lavado de cara para que el ser humano no sea una bestia ingobernable: un modo de vivir… que no es aprovecharse de él, pero sí del entorno y de ideas, transformándolo en otra cosa diferente: un ser que medita, que reniega de sus instintos más básicos, que rechaza el mundo en el que vive por otro nuevo, o que implora con los dientes apretados en la desdicha, otro mundo más amable, o un ser benévolo que les ame; ¿y cómo? Pues creándolo, como la moral, alguien que ha sufrido hasta un límite que nadie se atrevería a seguir ni a desafiar: el desperdicio de una sufrida vida en aras del sacrificio humano; una inmortalidad en el espejismo de una bala de necesidad que hiera, pero que no mate. Practicad el Evangelio, y sabréis de los que os hablo. De abajo a arriba, no al revés.
Que no mate como la enfermedad lo hace: ¿divinos? Dios está muerto, pues el que está unido a él muere, como un desconocido que conociendo la muerte, la esquiva, sin empitonarle el cuerno de la lanza silenciosa—hasta que conoce el dolor de la carne—, al creer en él—Dios no puede ser una mujer, su instinto de conservación nos protegería—. Hasta que llega la hora, la misma para todos, en tiempos diferentes y heridas diferentes; y no obstante, letales. Los mismos seres destruidos por la naturaleza de nuestras faltas, humanas, o como desprecio al orden de la naturaleza. Fijad vuestra mente, con todo el esfuerzo del intelecto en el ejercicio de la naturaleza: ¿os parece amable para seres que no tienen nuestro entendimiento, es bello el paisaje de sangre y muerte y de ciega obediencia? Pues aunque sea digno de belleza oscura como la noche, eso no quiere decir que se vea un nuevo día con el mismo Sol, después de una noche de muerte. Oí decir a un cura que Dios es la forma de ver el mundo de dos formas: y es posible que sea cierto, claro que, eso no quiere decir que lo sea.
Éste es el mentor frustrado, aquél que, con la inteligencia para conocer el mundo, lo corrige y crea uno nuevo en el que creer, para no tener que padecer el sufrimiento del Iluminado, que no es otro que aquel al que le da el Sol un nuevo día… ¿acaso la carne no envejece como la de un animal, la de cualquier ser vivo? Todo lo compuesto muere, para siempre, ¿qué puede sobrevivir, o qué hago?, dice el mentor frustrado: inventarse algo que sea fruto de un nominalismo, algo universal, irreducible para la razón e indestructible: el alma. Ser así, no es lo que quiere ser el mentor frustrado, con lo que escapa de la verdad, dándole una razón indemostrable, a menos que sea por la fe de un razonamiento débil e insulso, que sólo vale para crear adeptos en una enfermedad nueva: la idiotez. ¿Alguno de ellos puede decir que tiene ideas propias? No. Todas son herencias; ¿y qué ocurre? Lo mismo que con las herencias, disputas por saber cuál es la más acertada, aunque no puedan demostrarlo.
Tiene sus ventajas; no son seres destruidos, tan sólo, muñecos que pueden colgar de la estantería de la ignorancia y que, cuando van a caminar en el desfile de la vida, las cosas amargas y viles de la existencia, les dicen con rotundidad de oídos sordos que tendrán algo mejor: ¿y por qué? Porque el sufrimiento es como una espada afilada: cuando te corta te curas, pero la herida siempre queda, recordándote un posible nuevo corte.
Fíjense en que los lugares llenos de tribus más naturalizadas, son aquellos que aceptan la vida tal y cómo es: violenta. Sajones, suevos, sioux, otomanos, hunos, alanos, suevos, ligures, etc… Cuando se concentran en cultura, es una manera de escribir y de guiar a lo que se quiere: despojar de las plumas del dinero a los que balan, para expandirse por los que luchan por resistir el virus de felicidades superfluas y sucedáneas con el tiempo. Caramelos para los gobernados.
Hasta en la forma de usar el lenguaje se puede comprender un pueblo: ¿por qué en la lengua japonesa no existe la palabra intimidad? ¿Y en España se usa la palabra “toreo” como bravura? Qué espectáculo más deprimente para justificar la necesidad de destrucción por la vida que necesita el humano de a pie.
Quédese el lector con esta frase: “Al final de la vida se llega como una ola, llena de algas y de espuma, que se vence con la tierra de la orilla”. Cabe la posibilidad de dejar otro, por si uno se aburre del primero: ¿Si Dios tuvo la posibilidad de crear mejor este mundo, por qué no lo hizo? ¿Y de no poder hacerlo, es una muestra de amor tanta miseria…, o fruto de seres destruidos como demonios del Infierno, que es la Tierra en sus garras de hambre de engaños? Si lo vemos todo ello como un problema, veremos que en realidad es la única solución a tal enunciado.
El más ingenuo lo verá como una muestra de lo que le espera; ¿y cómo sabe que es así? Pues por la fe—cuando la razón le dice lo contrario, pero la silencia con la palabra Dios— en algo que no sabe que existe. ¿Hay algo más terrorífico?
¡Efectos contrapuestos!: verdad-inalcanzable, mentira-descubrimiento, Dios-creador.
Hay un último tipo de seres destruidos que son los resignados y los que luchan por cambiar la situación. Los segundos son carne de noticia, y esposas de la desesperación de algo que es imposible, o de posibilidades pequeñas, como cuando comes un plato de carne que te apalia el hambre, pero esta vuelve a aparecer a las dos horas más tarde. Como la falta de amor verdadero, que con los años, te hace creer cada vez más en el matrimonio con Dios o la mujer, no necesariamente en ambos o en ese orden. Los resignados son espectadores de vivencias propias o ajenas, y que sonríen con el rostro esculpido por el granito de muchos errores, para dar a entender la montaña de desesperación que llevan dentro. La humanidad y la destrucción de ésta, son la bandera que les hace pretender morir por nada, o tan sólo, por lo que un día pudo haber sido.
¿Qué es todo esto o qué solución hay para ello? La solución es aceptar lo inaceptable: que puedes cosechar y recoger, pero el precio de la siembra puede ser muy alto, y hasta puede pinchar. O recoger poco con mucho sembrado. Puedes no sembrar, pero serás un estéril sin remedio. Destruido de antemano.
Cuando se es totalitario, de ideas, o regímenes, se puede ver el egoísmo real del ser humano, y la cantidad de seres destruidos que está dispuesto a emplear en el empeño: ¿ah, qué no? Mirad las guerras—Primera y Segunda compartidas por los más fuertes, o las decenas de guerras más o menos en menor escala por el mundo de la historia–, son dulces para los que no las han experimentado; tomad como ejemplo a los historiadores del patriotismo, a las películas que recaudan mentes abiertas y bolsillos más vacíos, o a los que la escriben en papel, poniendo la selección de datos que más destaquen en la mente de los que tendrán que empuñar las armas más tarde.
¿Por qué nuestro material biológico más duro son los dientes? Pues porque hay que morder después de sonreír. O sonreír después de morder. ¿Acaso una sonrisa no oculta detrás de su muro de apisonamiento alimenticio un deseo innombrable?
Los seres humanos son usados por otros menos humanos, es una realidad. Para luego dejarlos como seres destruidos, en manos de la infantil y tiránica vida, desechos de lo que querían conseguir. ¿Alegrías? Son como un orgasmo, tienes que volver a meterlas en el mismo sitio para que funcionen. Para los que caerse sea una nueva forma de decir: ¡levántate! Ay, incautos míos, ¿y si os caéis desde un precipicio?
Aprovechad vuestra desgracia, pues el ser más fuerte no es cuestión de dureza, es cuestión de ir venciendo resistencias, y de aceptar, las pérdidas que nos sobrevienen como los vientos de la desgracia más soleada. Buscad alguien apartado, y preguntadle: puede que sea amigo de la verdad y la sensatez, y que no tenga nada que ofrecer al mundo.
La antinomia de Dios es un chiste: ¿si existe, existió siempre? ¿Puede existir fuera del tiempo? ¿Y por qué está en nosotros cuando nuestro ancestro común evolucionó como el mundo? Lo tomamos como una cuestión de tiempo, pero en su simpleza, reside su error: somos una larga evolución de miles de años, no un juguete creado por un Archivaldo en un momento determinado del tiempo, porque el tiempo, es un espacio donde suceden fenómenos, y en donde, como el crédito, vas creando poco a poco tu vida; vinculándote al futuro de cada hecho cotidiano. ¿Por qué creéis que el fuego necesita llamas y material para arder?
Ser destruido. He aquí todo lo que podría decir. Y, donde te encontrarás.
¿Soy escéptico? Sí, lo reconozco. ¿Y qué mundo o Universo está construido de sano optimismo? Todo son fuerzas que crecen hacia los cielos, tocando el techo del fin, como las estrellas. Un ser humano no se mide por sus actos, sino por el fin de estos. La finalidad es el resumen de toda la vida, cuando las primeras páginas, son el comentario de lo que puede suceder.
Negad el mundo, es un modo de negarse a sí mismo, y pensar, que hay algo que se escapa a la realidad. No imaginemos cosas que no son, por un no puede ser posible, ¿qué posibilidad hay? Intentar escapar de las limitaciones, es como decir que el Universo o el mundo no las necesita.


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