miércoles 24 de agosto de 2011

En un bar.

En un bar

—¡Te lo estás inventado!—exclamó con una solemne protesta.

—No, yo creo que existe. —Se encendió un cigarrillo, despidiendo un leve brillo en los ojos.

—Según leí en varias revistas, todo eso es inventado, un elemento del marketing—frunció el ceño, viendo el extraño comportamiento de Luis—; ¡todo inventado!—comentó, en un tono burlón.

Los tres se giraron para mirar a Fernando, el más prudente.

—¿Eh?—El nerviosismo se apoderó de su voz.

El camarero se acercó desde el otro lado de la barra, riéndose en una mueca maligna.

—¡Ay, el de la polla gorda!—gritó, señalando—. ¡Bote!—dijo, golpeando el bote como si hubiera caído una moneda en su vacío interior.

—¿Qué cojones le pasa a éste?—Parpadeó Luis furioso, centrando su atención en Fernando, que tenía la vista agachada—. Estamos esperando…

—No presionéis a Fernando, no es moral, ni ético, que él…

—¡Cállate, Ramón! No me interesan tus putos intereses humanos, ¿qué me dices, Fernando? ¿Acaso eres marica y no es verdad lo que tienes que decir?—comentó, en una sonrisa de desprecio.

—Te estás pasando—dijo José, con un tono muy protector—, es muy fácil poner entre la espada y la pared al más débil.

—Yo no soy el más débil…—concluyó Fernando, en una voz desprovista de ira o señal de protesta enérgica.

—Hay estudios que dicen que es hormonal, o que incluso, puede que sean por modelos que haya ya implantados en tu mente desde la niñez…

—O que simplemente, te enamores. Y punto; todavía no he visto ningún científico de bodas sonrientes estudiando por qué está en el altar, ¿me explico?

El camarero, aburrido por el espacioso ocio en su local, se invitó a sí mismo en la conversación.

—¡Eh, pollas gordas! ¿A qué vienen esas putas caras, qué pasa?

—Luis vuelve a la carga, no tiene comprensión ninguna por los más débiles: ya lo pagarás, ¿lo sabes no?—Ramón, se sintió incómodo por la mirada que compartió con el camarero. Daba la impresión de que hablaban idiomas diferentes.

—No entiendo ni papa de lo que me dices, pero tú pareces el más tontín—Ramón arrugó el rostro—; ¿qué pasa, Fernando?

Fernando se rascó la nariz, cogiendo un cigarro de su bolsillo, y encendiéndoselo, en una bocanada de humo que duro un siglo para luego tirarlo al suelo.

—¡No manches cabrón!—Su voz y gestos se desataron como una escolopendra vuelta del revés.

En el exterior, el ruido, y los pasos de transeúntes y coches, amortiguaban el denso silencio del interior. Varias máquinas tragaperras, lucían en golpes de suerte que nadie se atrevía a probar con sus bolsillos hambrientos.

Una vez, hubo un chino que, pegando la oreja a un extremo, se llevó toda la recaudación del día. Ante la incapacidad del dueño para descifrar el método, optó razonablemente para sus intereses no dejar entrar a ningún chino; tampoco a ningún extranjero. “Sabían mucho”, según sus propias palabras.

—Creo que, no sé si es buena idea decirlo; esto… eh, me he, no sé si a ella también le ocurre, esto, eh…

—¡Arranca ya idiota!—vociferó Luis, atrayendo la atención de los rezagados paseantes del exterior.

—Tienes el síndrome de la ansiedad resolutiva—profirió Jacobo, con seguridad y serenidad en sus palabras.

—¿Me estáis contando que Fernando tiene piba y vosotros no? Esto no me lo pierdo. Será un callo, malayo—dijo en una rima divertida, mientras se recogía el pelo, sucio y canoso, en una coleta apresurada que se juntaba en un manojo indomable, y firme enemigo del buen gusto.

—No. La chica es atractiva, ¿por qué Fernando no puede tener piba y que ésta sea guapa? ¿Qué hay de malo?—dijo José, tranquilizando los ánimos mientras apagaba el cigarrillo entre sus gordos dedos en el gastado y agujereado cenicero de la mesa.

—Ya lo dice la Biblia, no juzguéis, y no seréis juzgados.

—Eso está todo inventado, gilipollas moralista— Luis se giró, para verter su animal mirada en José, luego, su alcance visual se mezcló con la complicidad del camarero—; yo no creo en nada de eso, hay que luchar contra y por el poder.

—Amén, hermano. —Coincidió el camarero, mientras se hacía un porro—. Venga, Fernando, majete—torció una sonrisa—, enróllate y dime qué ha pasado, que están todos así—El gesto de su mano y de su cara era indescifrable. La posición de su cuerpo estaba medio caída.

—Pues que le ha tocado por probabilidad lo que tenía que pasar, ya que, si no recuerdo mal, llevabas muchos años sin tener una pareja sentimental.

—Qué bien suena eso, Jacobo. —Le felicitó José.

—Al menos alguien tiene piedad. —Sugirió Ramón, sin levantar comentarios o palabras de protesta de ningún tipo.

—Vaya panda de mariconas; dejad que Fernando lo cuente, y os daréis cuenta de que no va a durar una puta mierda.

—A todos no tiene por qué pasarles lo mismo que a ti. —Dijo José, encendiendo un brillo animal en los ojos de José, de pura rabia ardiente.

—¡Quietos, quietos!—El camarero y Ramón se pusieron entre medias de ambos, evitando el desastre de una pelea.

Fernando se marchó, rojo de cólera contenida, encarnando su cara. Tras unos segundos, la desató en un profundo grito de rabia al salir por la puerta del bar, concentrando la atención del todo el mundo por unos segundos.

—Menudo payaso…

—Creo que tiene que aprender a controlar sus emociones…, hay cursos y material didáctico sobre ello. —Dijo Jacobo, en un paralelismo conversacional, que a nadie le interesó.

—Tienes que haber leído la hostia. —Le felicitó el camarero.

Jacobo sonrió, pero se dio cuenta al instante de que no era un cumplido, sino un modo de decir con sus palabras: “eres un tío aburrido”.

—Menos mal que hemos evitado una pelea. Entre amigos eso no está bien—concluyó Ramón.

—Al grano, Fernando. —El camarero se giró al ver que la puerta del bar se intentaba abrir, pero era Luis, aplastando su cara contra el cristal, deformándola en una mueca diabólica. Señaló a José, elevando el dedo corazón—y éste le contestó, elevando las cejas, a modo de señalarle la única dirección posible. Luego, Luis puso el móvil sobre el cristal, para marcharse con una rapidez pasmosa—. Vaya temperamento de boxeador tiene vuestro amigo.

—¡Hey, vaya metáfora!—Le agasajó Jacobo, pero el camarero no dio muestras de satisfacción. Se encendió el porro, para que sus ojos reaccionaran de un modo vulgar, sumiéndole en un nuevo torrente de sensaciones. El humo que salía de su boca, estremecía su alma, retorciendo su cuerpo por la sustancia ilusoria.

—¿Qué… qué queréis saber?—dijo Fernando, mirando a todos, sin centrar la atención demasiado en ninguno de ellos.

—Empieza por el principio, cuándo la conociste. —José, hizo énfasis con su cabeza al terminar la frase, dándole una sensación de seguridad y ánimo a Fernando, que parecía palidecer por segundos.

—Al que tiene cama y duerme en el suelo, no hay que tenerle duelo. —Resolvió Ramón, haciendo círculos con las manos como balotas de un juicio interior.

El camarero le dedicó una mirada de sesgo.

—Callas demasiado, deberías hablar más. —Le ordenó, expulsando el humo del hachís al aire, coloreándolo de un gris denso.

—Vale—la seguridad de Fernando se vio reflejada en su tono de piel. Trago saliva, como si le costara expulsar las palabras, o se fuera a atragantar con ellas—. Se llama, Virginia.

En la inocencia de su ánimo, estaba la salvación de Fernando, pensaba Ramón.

—¡Anda, y es virgen!—Exclamó el camarero, como comentario propio en voz alta—, ¡like a virgin!—Canturreó.

—Me alegro que estés con ella, te lo merecías, Fernando. Ningún hombre es una isla.

La frase de José produjo un incómodo pero reflexivo silencio.

—Continúa, que estoy intrigado. —Dijo Ramón.

—Sí, por favor, Fernando. Es más interesante que el último artículo que leí en la revista “los secretos peor guardados”; ¡y eso que era interesantísima!—Jacobo se frotó las manos, ilustrando su entusiasmo.

Fernando se apagó de nuevo, en la incapacidad de tener iniciativa. Su postura, era semejante a cuando un niño había hecho algo malo, o, como si su creador se hubiera arrepentido de hacerlo, apagando sus rasgos: tanto de voz, como de piel humana. Condenado a un censurable olvido.

Continuará…