martes 5 de julio de 2011

Temis. Cuento.

Temis

La joven Adonita hubo quedado embarazada por un violador que se refugiaba en los caminos. Fruto de su desesperanza, quiso renunciar en su interior al objeto que en ella crecía, como una mala hierba que la amenazaba los planes. ¿Qué dirían? ¿Cómo mantendría su estatus y posición social ante tal afrenta y desamparo? ¿Qué clases de diferentes reacciones, levantaría con el sonido de sus pasos o ante las habladurías de extraños y familiares?

La joven Adonita, no pudo competir con la fuerza del deseo y las inclinaciones violadoras de su asaltante sexual; también era tarde para echar el natural y delicado proceso atrás…, de un modo que no fuera pura barbarie. Todo este tiempo había rogado a los Dioses para que no naciera semejante falta, pero sus súplicas no fueron escuchadas. Al cabo de un tiempo, Adonita tuvo sus primeros y serios dolores que precedían al parto; preñado de zozobra y dudas razonables de cómo actuar, o dejarse llevar por el perdido momento.

Buscó un enorme arbusto, a modo de pantalla visual, con la suficiente vegetación desmelenada que la refugiara de miradas furtivas y de sus propios gritos. Adonita, nunca antes en su vida, había sufrido tan contrastado dolor con los placeres más voluptuosos que su alcurnia le había ofrecido en una vida regalada. Ahora, más que nunca, repudiaba y odiaba a su asaltante, en un intento de canalizar su dolor a otro pasado, que le infundiera las fuerzas necesarias para finalizar el proceso del mejor modo y lo más rápido posible. Podía nacer. Pero también podía morir. Incluso ambos. Adonita, ante la terrible visión de la sangre y de la deformidad de su cuerpo contraída, sintió miedo. Terror. Un viento liviano y suave, pero cargado de emociones afiladas, la hizo sentir la respiración de la cercana y acechadora muerte. Futuros gritos, más profundos que los presentes, propendieron una atmósfera cargada de viciada tensión natal.

La nueva vida que vino de su interior, atada por el cordón como un parásito, la recibió a llorosos gritos, entre restos del envoltorio de su vivienda ensangrentada, de olor sulfuroso y acre, despertando un lícito interés, que era nuevo para ella. Todo el dolor, todo el tiempo, todas las dudas y el daño mental y físico, habían servido para traer una criatura al mundo; un nuevo ser que se sentía desamparado y extraño, a los ojos lobunos de la casa hecha de naturaleza que era su mundo. Adonita, notó su corazón estremecerse; ¿qué clase de ternura y afán de protección era el que la gobernaba? Jamás en su vida se había interesado por nadie que no fuera ella. Ella, o todos los elementos que constituían las articulaciones de su dilatada fortuna. La nueva vida dejó de llorar, y ante la suavidad de los ánimos, Adonita se apresuró a ejecutar tareas más desagradables para la calma. Cortó el cordón umbilical con los dientes, a mordiscos, como un animal: todo su sistema nervioso sintió una profunda descarga de familiaridad eléctrica. ¿Por qué sabía de ese modo y le era familiar el ensordecedor sabor? ¿Acaso era un instinto añadido, o por el contrario era una experiencia que había vivido en una vida anterior, no recordada aún? Apartó estas cuestiones de su mente, acumulando su solución e importancia a partes justas, en orden de gravedad.

La nueva vida, por incompresible que pudiera parecer la habló: Adonita, madre, benefactora de mi existencia—dijo en una voz cavernosa—. Te demostraré en un ejemplo inusitado que soy digno de alabanza, y que mis habilidades y conocimientos, son dignos de un Dios por derecho propio.

La joven Adonita no podía creer la escena que le mostraban sus ojos. Incluso volvió a repetírselo al oído, lo que la produjo un efecto devastador a sus medradas resistencias. El pequeño, comenzó a crecer, hasta llegar en pocos segundos a la etapa adolescente: de elegante y bello porte, además de guardar en sus claros ojos, la chispa de la inteligencia. Su fisionomía era semejante y análoga a un ser humano, con las añadiduras de ambos padres; pero su desarrollo, podría contribuirse al alfarero de una nueva especie de sujetos, muy superiores.

—Madre, se lo demostraré—la dijo, disipando la nube de dudas que Adonita conservaba, reforzadas por su deplorable estado de hacedora forzosa—. Me meteré en el río, y tras unos minutos bajo el agua, quizá menos de una hora—anotó en su voz—, podrá convencerse de que soy inmortal.

—¡No hijo mío, no lo hagas!—exclamó. Pero al momento, una sombra de ridiculez se posó detrás de sus ojos, debido a que, en sus numerosos recuerdos del mundo y de esos aspectos en otras personas, no cabría el caso más que en la mente de un loco o de un predicador. Semejante transformación de forma y cualidades, no era el estado normal de las cosas, a menos que hubiera tenido una fiebre de locura por el parto del doloroso momento.

Sin embargo, la joven Adonita se había dado cuenta que, el tiempo pensando, fue demasiado largo para persuadirle, pues su cuerpo, sin reaccionar a los gritos de su progenitora, se metió en el agua, desapareciendo. Todo un cuadro de emociones se dibujó en la mímica de Adonita, que rogó a los Dioses y a su alma, porque no pereciera aquel muchacho tan extrañamente querido. Fruto de una relación miserable y repugnante.

Adonita corrió al extremo más seguro del río, viéndose reflejada en el espejo reverberante de las aguas; en el fondo, la determinación de su hijo y el estado del equilibrio viviente de su cuerpo, eran encomiables para la gravedad de la situación: totalmente adversas al digno y valorable respeto por la vida. Pero la gravedad no se asomaba en su cuerpo, ni el miedo, ni la locura prematura de una abrasiva idea, sino que, a tal tarea hercúlea para su naturaleza, dio paso a que el Sol descendiera, con preocupante calma. El tiempo parecía haberse detenido en esa apuesta con el joven. Por supuesto, la había superado, pues sin ser un pez, o un cruce raro de especies imposibles para una mente humana, había demostrado con ferocidad y aplomo su divinidad a los ojos de su madre.

Salió del agua, triunfal, sonriente; pues en verdad era un gran triunfo… Pero algo ocurrió, dando lugar al conflicto. Su piel estaba arrugada, sus dientes no eran tan firmes como antes, ni su mente a la hora de establecer juicios acertados y veloces; todo su cuerpo pesaba como si fuera una roca que se había escapado del fondo del río, y lo que observó con dolorosa y animosa crueldad irremediable, le partió el corazón en dos: su madre yacía rezando al borde del río, tratando de robarle a la vida más tiempo del necesario o pidiendo a cualquier fuerza terrenal o del azar que velara por los deseos de otra vida más capacitada para existir. Todo su cuerpo era un revelador y silencioso esqueleto vestido, con las manos unidas por la fe de su plegaria; su mirada parecía haber barrido en derredor, con aire dubitativo o de auxilio. Ante esta visión, el anciano se metió en las aguas, caminando hasta no poder hacerlo por la profundidad, que le ganaba en altura. El joven supo que la muerte no la soltaría, si el destino la había puesto en sus ácidas y destructoras manos.

En un Sol caído, había demostrado su divinidad a las fuerzas de la naturaleza; pero como su joven madre, no pudo resistir el paso decidido y frenético de las aguas del tiempo. Cuentan los marineros, que el divino ser se hizo llamar Coral, despreciando para siempre los ríos.