Godofrito
Sonaba la música de la película Rocky. Como cada año, en el pueblo de Monte Río, en California, habían elegido el ejemplar más dotado por los jueces de la naturaleza para ser mostrado al pueblo. El ejemplar de díptero escogido no era más grande que la falange de un dedo, pero lo realmente extraño, era su trompa. La probóscide, como dirían los científicos.
El tumulto de voces y gente no tardaron en embaucar al ambiente con sus sonidos, atrayendo a los curiosos que, con miradas interrogantes, observaban al insecto en el cojín. Sí, lo desplazaban como un rey sobre el cojín; como si fuera un emperador romano de paseo por la ciudad recién conquistada o por las calles de Roma. Realmente curioso, pues, la verdadera naturaleza del hombre era protegerse del animal a toda costa, y ahora, la fama la ostentaba con un gusto picajoso, un insecto de no más altura que cualquier ser humano en pañales microscópicos. De un plumazo, se le podría borrar de la faz de la Tierra: pero era muy valioso. Ningún ser se merecía la ceremonia como aquel insecto.
El manto asfixiante de gente, pronto se transformó en una nube de comentarios. Pequeños círculos humanos, se comprometían a las más aventuradas y disparatadas opiniones; los más cultivados mentalmente, establecían analogías imposibles con anteriores civilizaciones; y no había que olvidar el espacio para los comentarios ácidos y mordaces de aquellos que no lo entendían. Quizá uno de ellos fuera la víctima de Godofrito; bautismo de fuego que superó el mosquito con cada nueva ceremonia. Como lo leen: un mosquito que ostentaba hacerse rey del lugar por derecho propio. Heredero por la fuerza de la opinión pública. Los habitantes del pueblo, con la visión más práctica, establecían el temeroso motivo de que Godofrito echara a volar, escapándose. No entendían bien cómo el insecto se quedaba en la misma posición, sin moverse; tal vez estaba anestesiado por el baño de multitudes… temor seguro y psicológico, porque ellos mismos harían lo que pensaban en sus mentes, en una situación similar. Aunque no todos compartían ese afecto idealista.
El paseo duró lo que dura un café, y cuando llegó al final de la calle, la comitiva—perfectamente adornada, tanto en atavismos como en sonidos y ritmos— giró hacia su destino, perdiéndose de la vista de multitud de seres humanos; algunos seguían mirando en la misma dirección por donde había desaparecido, como si se hubiera hecho invisible en décimas de segundo. Sin embargo, más tarde se daban cuenta de la verdadera realidad, sonriendo ante su ignorancia revelada. ¿Cómo iba a volver Godofrito o esperarles a ellos por un tiempo tan valioso… a sus simples espectadores de fama? Tenía cosas mucho más importantes que hacer, de eso no cabía duda. Y la fama proyectada hacia él por el populacho ajeno, no le hacía efecto alguno.
Todos bailaron, alegres, sintiéndose recompensados por poder haber visto a Godofrito: la solución a todos sus problemas. Por el contrario, cada uno de ellos era conscientes de que el problema les acechaba, agotándoseles el tiempo. Ya lo habían visto otras veces. Así que, lo que fue un baile y danza de alegría, pronto, se convirtió en un cántico de ataques y sangre derramada, con cada pulso que les latía por las venas con la fuerza de destruirse mutuamente. Primero los más débiles, devorándolos vivos, lo que excitó sus expectativas de destrucción; luego, contra los más fuertes, en grupos más o menos poderosos, según su número y fuerza. Todos adoraban al Dios de la destrucción que, en aquellos momentos de carne desgarrada, sangre, dolor y mordiscos amenazantes y devoradores, guardaba una hermosa relación con la oscuridad de sus corazones. Sólo había una condición: no destruirse hasta que Godofrito marcara los límites del equilibrio, brevemente. Algunos de los elegidos para la muerte, ni siquiera se resistían, entregándose a los brazos flacos de la parca, ejecutada por cada atacante, fruto de una digna y trascendental causa que estaba por encima de ellos y de su productiva existencia.
Cuando del interior del cuerpo de uno de los sometidos brotó, como una perla enorme un huevo, todos pararon; era la señal que paraba la sed de sangre del Dios que adoraban. Sólo Godofrito podía entender qué clase de leyes eran aquellas. Leyes que entorpecían y agravan el precio del escaso tiempo que les quedara, atado a la merced imborrable de las circunstancias del pueblo en el que vivían. Del resto que no produjeron huevos, los aprovecharon; cocinándolos en enormes vasijas metálicas—como brujas en un aquelarre— y sirviéndoles de alimento, pues dentro de poco, el proceso se repetiría con la misma violencia puntual, arrastrando a la sombra, a los más débiles de voluntad combativa.
El Sol descendió con premura planetaria, pintando el cielo de un azul apagado, coloreado por los primeros puntos de luz; las estrellas de las que vino Godofrito. Esto lo conocían bien unos pocos, y aunque los primeros jueces se equivocaron, supieron rectificar a tiempo que sus conjeturas eran las adecuadas, pero no los instrumentos para constatarlas como verdades ocultas. Por esa importante razón, que se sostenía en la firme convicción de crear un nuevo mundo, Godofrito estaba aquí: para mostrar los secretos de su mundo en el pueblo de Monte Río. En la que, con cada nueva ceremonia, hacía de novedad para los más jóvenes nacidos, y de recuerdo para los más veteranos.
El truco consistía en ver cómo, un juego para la elección del mosquito—que en cada certamen celebrado era el mismo—, para luego seguir los propósitos escogidos cuidadosamente a unos fines, mucho más importantes que los excedentes medios utilizados.
—¿De verdad has visto a Godofrito?—dijo una lozana muchacha, apareciendo entre la multitud agolpada alrededor de las vasijas, llenas de extremidades humanas; algunas se resistían a hundirse en su posición casi sumergida, como algunas cabezas despellejadas, en ínsulas de dolor.
—Sí—contestó uno de los cocineros—. ¿No te parece increíble? ¡Menudo privilegio!—exclamó, temblándole el pulso y un músculo de la mejilla al mismo tiempo.
—Yo no le vi—dijo, con cierto pesar de aleteo en su mirada—, pero para la próxima no me lo pierdo. Aunque todos los años nos pasa lo mismo—objetó.
El cocinero sonrió, con una experiencia reflejada en sus labios.
—A todos nos ha pasado lo mismo—aclaró en una sonrisa sardónica—, no le des tanta gravedad. Habrá más días—cortó un brazo, coloreado por el calor y las especias, que daba vueltas en la vasija junto a otras partes inseparables—; ahora come, si te debilitas, puedes ser la próxima—la amenazó con la prudencia.
La muchacha, asintió, bajando la mirada. Había algo en todo aquello que la revolvía el estómago, pero supo que muchas preguntas, podrían traer respuestas peligrosas. Además, era la primera vez que estaba allí, pues cada uno de los participantes, a la hora de luchar, debía tener cierta edad—para no romper los eslabones de la cadena más débiles—; que ella había cumplido en aquel instante, evadiendo su responsabilidad punitiva.
—¿Cómo te fue?—la preguntó, con una mirada preñada de deseo.
—¿Qué?—respondió juntando el entrecejo, para luego, temblar su pálida mirada—. Ah, se me escapó—resolvió, poniendo todo el interés y energía que había en su interior para alimentar una fingida víctima. En cambio, se sentía más asustada que nunca por cómo la miraba. Sería su primera vez. La rompería el himen su fuerza masculina, introduciéndola en los complejos mecanismos del dolor y el placer, con distintos valores de inversión entre ambos para cada sexo.
Todos comieron carne humana, bailando y tocándose en su sexo para ver si estaban receptivos para la procreación. Una vez el hambre de alimentos se silenciara, hablaría la voz de la reproducción más salvaje. En los casos más importantes, había durado días, entre varios de ellos, o entre dos de distinto o mismo sexo. Claro que, los que practicaban la homosexualidad, eran sacrificados en picas que, las moscas, devoraban a la luz del día y guardaban en el congelador de la noche y las estrellas, hermanadas con el viento de la podredumbre. La realidad es que no tenían nada en contra de esta práctica, pero los jefes, encargados de conservar la convivencia, no la veían como productiva para la comunidad; corrigiendo sangrientamente con gritos de dolor esos numerosos fallos, que se resistían a desaparecer: poniendo en peligro las buenas costumbres de la comunidad. Algún comentario entre ciertos jefes era muy visual: “Es una práctica que da por culo a la comunidad”.
Con la noche, todos se comieron las sílabas de palabras, para dar lugar al mismo cambio que sufrían todas las noches. El mismo proceso biológico que les hacía pasar de un estado conocido, a otro conocido. La sangre y los restos de violencia fueron tapados por el manto de la noche. Observados por el pálido ojo de la Luna, que les miraba desde el espacio, con recelo y atención. Hasta dónde las tinieblas oscuras no llegaban, se podían ver todos los restos industriales de una civilización destruida y perdida con el avance del tiempo o por un enemigo con una voluntad de conquista mayor.
Los que transportaban a Godofrito—en un palanquín improvisado—, no tenían lengua, se las habían cortado ellos mismos, metiéndosela en el culo, como enigmático símbolo que obedecía a algún extravagante código de leyes sociales, complejo, e inútil a lo que yo hube conocido en un pasado relatado a mis oídos por el hallazgo de libros sociológicos y penales. El fin de su trayecto fue un enorme edificio, construido como un verdadero granero: similar a una cresa despegada de un enorme panal de abejas gigantescas… La tensa inmovilidad del edificio, me produjo un influjo de energía voraz.
No tardó en aparecer delante de nosotros un individuo creado a sí mismo; tal vez una mujer o un hombre, pues era un ser puramente asexuado; a simple vista, parecía carecer de elementos de fecundación claros, ya fuera de un lado u otro—masculino o femenino—; en cambio, si se le prestaba la mayor atención posible, conservaba los dos, unidos en un acoplamiento permanente, para satisfacer sus emociones. Aunque quizá, fuera otro órgano de desconocida función, que pudiera tener alguna utilidad adquirida por el entendimiento. De lo que no había dudas, era de que era el guardián de aquel singular recinto. El movimiento se detuvo del todo, cuando la fuerza del bamboleo dejó paso a la inmovilidad. Dejando a Godofrito en su cómoda plataforma.
La escena no dejaría de asombrar a cualquiera que fuera nuevo en su planteamiento, incluso, me atrevería a decir que al más curtido de los eruditos. Las ruedas humanas que transportaron a Godofrito, comenzaron a bailar, sin motivo aparente, estableciendo un lenguaje corporal, que guardaba un receloso significado; el asexuado ser, imitó sus movimientos como un espejo: parecía algún tipo de código que debía de ser superado. ¿Qué tipo de consecuencias tendría no superar la prueba con aquel desconcertante guardián? Con cada movimiento, se podía escuchar el traqueteo de las lenguas contra los culos de los mudos bailarines, como monos en celo. Tras unos minutos de frenética danza, uno de ellos se entregó como dote sexual, uniéndose al guardián, y en consecuencia, dejando libre el paso. Pero los gritos de su cuerpo no tardaron en llegar: del placer se pasó al dolor, mezclados, y a veces hasta semejantes, en voces de rotas pieles encharcadas de emoción positiva y negativa, indivisibles, por la forzosa unión de sus cuerpos en aquella espiral de violencia. Intoxicándose con su droga emocional, en un puro acto onanista.
Al entrar, seres con formas de mosquito, velaban con una comedida violencia en sus volubles ojos, del nacimiento de nuevos seres; sólo que, como ellos, eran seres con forma de mosquito, pero con la locomoción y las ventajas evolutivas humanas… Gritos de protesta y asombro, trajeron nuevos huevos pintados de vómitos intestinales y sanguinolentos; presumiblemente del festín de la carne y la sangre celebrado en el pueblo de Monte Río, con un festín de nuevos sonidos.
El cielo tronó, arremolinando una nube de polvo y ceniza, que atrapaba a veces con mayor o menor intensidad, la luz del Sol y de la Luna, dando un catálogo de preocupaciones y colores desconocidos para la colonia, que cada día, crecía más.
Toda la pared estaba húmeda, desconchada por el desplazamiento de raros seres—no para la imaginación natural—, adornada de cuerpos humanos que servían de alimento a los parásitos que crecían en su interior. Saltaba a la vista que eran los más débiles, aunque, con resistencia a la razón, había tipos muy fuertes, vestidos con ropas de lugares apartados al que estaban ahora mismo. La fuerza de sus pectorales no era una digna fuerza oposición para las garras y bocas que les comían por dentro, queriendo ver la luz del nacimiento. Otros, sacaban un enorme huevo por la boca, atrayendo las protestas y el estudio de los encargados de su cuidado desarrollo. Y la música de Rocky, también sonaba en el interior como hilo musical a la empresa de supervivencia que habían erigido. Dando su tiempo al nacimiento y a la profanación del cuerpo más perfecto que había conocido la hambrienta mente de la ciencia.
Me percaté, de que algunos zumbidos sonaban de noche; otros, no sonaban de día, al menos comparados con lo que conocía durante la luz del astro rey. Pero no lograba dar con la fuente del problema. El centro neurálgico que me permitiera avanzar, en la comprensión de aquel universo al que me asomaba como un novato ante la resolución del enigma de los más ilustres sabios. Mis oídos, no eran capaz de registrar todos los zumbidos que sonaban al mismo tiempo, o a intervalos irregulares, como si tuvieran que tener una línea en el tiempo para hacer su esperado acto de presencia. Cuando los cuerpos no servían como fuente generadora de individuos, la opción que restaba en el proceso, no era nada amable para los sentimientos humanos; la perfección del cuerpo humano, era sometida a la más tiránica violencia por alimentarse.
Godofrito, se posó en mitad de la sala, siendo el centro de atención de todos, preconizando lo que estaba a punto de suceder; hubo una pausa en la música de Rocky, apartada al margen de lo que iba venía a ser un hecho, importante e inmediato. Los beligerantes ánimos del paisaje, entraron en un estado de sumiso letargo.
En aquellos instantes, la ceguera de una ocasión anterior, me produjeron un estado de nerviosismo que me tensaron los nervios en la piel como un arco. Al mismo tiempo observé, no sin cierto sentido mutilado que me hiciera comprender, que había túmulos alrededor de Godofrito; en las estacas no colgaban nombres, sino dibujos de los delitos que habían hecho, aparejados con marcas, que presumí que iban de mayor a menor grado de delincuencia, a la delicada obediencia de la comunidad. Hacía justicia.
Godofrito estaba comiendo un plato exquisito. Plato que no atendí a desentrañar su contenido—por el sonido y el poco esfuerzo para su trompa, debía de ser algo muy blando—, pues mi vista estaba en aquellos pobres diablos que, formaron parte de algún tipo de ritual que pretendía concentrar todas las fuerzas de la justicia en aquel sacrificio oneroso para el delito gratuito. La vida que allí nacía, se asemejaba a un sueño que tomaba posiciones antes del despertar. Vi, ahora más de cerca para mi atención, que eran sesos humanos, galvanizados con dolorosos trozos cortados, que en el pasado, formarían un armonioso conjunto humano.
Sobraban los motivos y estaban más que justificados para despreciar y aniquilar al invasor; si con ello, hubiera servido para algo. Daba la sensación de que, a pesar de todos los daños sufridos, podían repararse con dedicación y esfuerzo, y por qué no: un plan infalible. A pesar de todo, no había el más mínimo rastro de la palabra rebelión, o una reconquista del territorio perdido por parte de los sometidos. Rocky…
Dejé mis pensamientos a un lado, viendo que aquel círculo vicioso no me hacía nada más que entrar en jaqueca por falta de soluciones que abrieran nuevos caminos; al volverme, observe que, poco a poco, alrededor de Godofrito se había abierto un círculo oscuro, sin tocar la plataforma que le mantenía a la misma altura que el resto de participantes. Del pequeño abismo, aparecieron planetas minúsculos, como si fueran recreaciones de maquetas de conquista. Con lágrimas en el corazón, comprobé que la Tierra, era uno de ellos. Sin embargo, las recreaciones parecían mostrar la Tierra en un aspecto primigenio, como si hubieran venido mucho antes que la primera huella del hombre sobre el polvo terrestre. ¿Podrían reclamar con legítimo derecho algo que fue suyo?
Abrí los ojos como platos—sin poder hablar, sólo dentro del escenario de mi cabeza— al ver que todos me miraban. Había aprendido que todos los impulsos tenían una razón de ser; pero yo, era de la clase de personas que no me gustaban los problemas. Lo tenía etiquetado en el alma, con la advertencia de que, mi cuerpo, no respondería ante la lucha por su supervivencia. Huir. Huir. Huir. Huir. Esa palabra me infecto el pensamiento.
De nuevo, y recordando al ser asexuado de la puerta, todos comenzaron a bailar, denotando otro código que no entendía. Me miraban con ojos asesinos; y por lo que hacían, no parecían dar la impresión de ser hostiles: aunque las primeras impresiones engañaban en un alto porcentaje de casos. Tras pasar un rato paralizado por la emoción, y la lucha entre ella y la valentía, vi recobrar los modales y la amistosa conducta de mis anfitriones de baile. Godofrito, batió las alas, pidiendo que me acercara—con su diminuta cabeza— en un gesto demasiado humano para mi gusto. No dejó de sorprenderme, la facilidad de mis sentidos para distinguir los movimientos de algo tan pequeño.
Prudente, no hice ningún comentario. No verbal, pues vi que no podía hablar—cosa que me alarmó en una creciente intensidad de preocupación—, sino con el cuerpo. Rígido como una tabla. Aunque me hubiera gustado transformar mi piel en acero en esos momentos. Obtuve la valiosa lección de que, mi resistencia natural, se reafirmaba por ella misma. Aquellas relaciones entre ellos y con el espacio que habían conquistado o recobrado, datarían de servicios tan antiguos como el tiempo.
Compartí su excitación. Camuflándome.
Vi que al acercarme, de detrás de Godofrito—sin haber notado el más leve indicio—apareció de la nada un espejo. No daba crédito al reflejo que había en él, dudando de que fuera un espejo, sino un elemento que era como una superficie—lo más fiel a la recreación de un espejo—, con la particular manía de atrapar imágenes sólidas, no imitarlas también en el movimiento. Pero mi temor y mi ansiedad fueron a más, queriendo hacerme escapar como un rayo que quiere volver a cielo. Cada movimiento, se reproducía, con una exactitud asombrosa, sin ralentizar sus intenciones o ser obra de un imitador excepcional. ¿Realmente era yo ese ser tan diferente de lo que tenía en mente mi propia identidad? Tuve que acercarme más, para ver de cerca la verdad revelada. Ni Godofrito ni el resto hicieron el más mínimo ápice de molestia o irritación, ante mi curiosidad desgarrada.
—¿Soy yo?—murmuré por lo bajo.
Caí en la cuenta de que no podían oírme. Era mudo. Mi voz vivía dentro de mí. Dos antenas resbalaban por mi frente azul, brillando como bolas de luz en una pérgola de carne.
—Sí, eres tú—confirmó otra voz, inquietándome.
Sin embargo, el suave tono de voz pareció apiadarse de mi turbación, dándome una explicación como calmante nervioso:
—Eres tú, visitante. Te hemos traído de otros planetas, más allá de la luz; más allá de la vida—hizo una pausa para ver mi reacción. Prosiguió—: la categoría del mundo que os dimos estaba corrompida, así que, le devolvimos su antiguo resplandor perdido, mancillado por la raza que ahora, hemos esclavizado por necesidad de resolver el problema. Nos equivocamos al creer que erais la solución.
Pretendí responder. Pero mis antenas se llenaron de un hormigueo desconocido, como si fuera una carraspera o un gallo en la boca de un hombre. ¡Godofrito hablaba mentalmente!
Has sido el primer experimento de cruce entre la raza humana y las conquistadas de otros mundos, y la nuestra; nosotros, guerreros que hemos conquistado este mundo por la fuerza sin palabras, para su supervivencia y auge consecuente, te cruzamos con diferentes especies extrañas: dejando una gran parte humana en ti. Como recuerdo de nuestro error esperanzador.
Mi mente tardó en asimilar esas palabras. No podía creer lo que mis oídos transmitían a mi mente: ¿me había vuelto loco? En cualquier caso, la imagen lacustre que tenía ante mí, no tenía planeado ninguna mentira esquiva; era una verdad como un templo, endurecida por la desatada sorpresa.
—Nuestra raza se muere—dijo, con una rota catástrofe en su voz—, debes devolvernos el favor, aunque te llevarás contigo todo el trabajo duro—la pausa duró una eternidad—. Vuestra oscuridad, os transformó en voz a lo largo y ancho del universo; eres el espécimen más perfecto: la esperanza de nuestra raza experimentadora que ha depositado en tu voluntad y bondad de carácter, un futuro incierto. Extraño; tú eres un visitante en una de mis estrellas; vuela a tu destino, aquí se agotó tu tiempo. Constrúyete un hogar en las estrellas de la eternidad. Ya estás formado para expandirte con libertad, aquí no eres necesario.
Experimenté un dolor profundo al escuchar esas palabras.
Había un aire de locura en aquella actividad. ¿Pensaba aquello en realidad, o vendría un baile que me destrozaría como un hueso en manos de un gigante, hambriento de debilidad?
—No temas—me ordenó, adivinando mi estado de ánimo. Costándome creer a mis oídos—. ¿Éste es tu hogar? ¿Te gusta?—dijo, sonando más a una pregunta que una afirmación.
Cogió una de esas maquetas, y la tiró a mis pies. Sintiéndome como un Dios en potencia que estaba a punto de moldear un Universo propio. Aquello produjo un efecto inesperado en mi interior; la vegetación estaba animada, y brillaba con luz propia. Intenté hacer el esfuerzo de todos los riesgos que había corrido su raza por restablecer el orden, y darme un futuro esperanzador. Tenía la firma sospecha de que, había algo más de lo que me había dicho.
Los presentes me miraban de distintas maneras: recelo, odio, envidia, entusiasmo, desconocimiento… conservaban los ojos, y, ciertas facciones humanas que ejemplificaban las ecuaciones de las emociones humanas. No pude evitar tener el triste pensamiento de que me iba de lo conocido, a la inmensa oscuridad estelar de duras responsabilidades. ¿Qué me deparaba todo esto? Me impresionó la amabilidad de la esperanza en ellos, siendo cómplices de la violencia a la raza humana, como fueron hasta su supuesto aniquilamiento. Sentí resbalar una lágrima por las arenas de mis mejillas al pensar que, cualquier niño, adulto enfermo, anciano, o desfavorecido para la voluntad única, hubiera sido víctima de aquel conflicto adulto y sangriento. ¿Qué estaría ocurriendo en estos precisos instantes? ¿Habría muerto alguien, o lo estaría, o no lo sabría?
Corrí a golpearlos. Necesitaba dejarles el dolor patente en sus cuerpos, con una discusión física para despejar el ambiente de mis ideas. Pero antes de que diera un paso, las estrellas y el espacio se desdoblaron, sumergiéndome en aquella bola planetaria como único viaje de ida.
El síndrome de no haber podido obtener lo que deseaba, haber estado en otro lugar y otro tiempo, me frustró. ¿Su sed de destrucción había sido tan enorme y poco prudente, que era el último superviviente de una nueva raza creada en mis entrañas de ser humano? ¿O respondería todo esto a un plan o al más puro azar enloquecido?
Desde dentro de la bola, vi como el hábitat era enorme, desproporcionado para las leyes de la física: ¿cómo era posible que el espacio interior fuera más grande que el exterior? Podía ver con nitidez despejada la figura de Godofrito y sus secuaces; también del nido y de sus víctimas. También de la locura aniquiladora en sus rostros, a punto de cortar el vínculo que les unía conmigo, de un plumazo. Y eso hizo: gritos de auxilio resonaron por las cuatro esquinas de aquel entorno gastado, para después, hacer el esfuerzo de cruzar las miradas—intuyendo la alta opinión que tenía de sí mismo y su proyecto en mí—, y romper uno de sus secuaces, la bola en la que vivía. Sin dejar de existir.


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