Sirena
Me encontraba en el antiguo astillero de WoolWich. Como casi todos los días en los que Roby Wake necesitaba la ayuda más eficiente posible. Estaba borracho, en su nuevo hogar, con las ropas desde hacía días sucias y una barba poblada. Las ropas que portaba eran las mismas que cuando fue marinero, hasta que ocurrió el desastre del Victoria y su vida fue a pique. Desconocía la razón por la cual Roby me había retenido esta vez más de lo necesario; era poco común que me buscara, en realidad, nunca había buscado a nadie que no le pudiera dar un poco de ron.
El astillero estaba derruido, con amplios espacios de oscuridad y luces pero, para mi sorpresa, mientras Roby bebía y se reía de mi cara de asombro, un tanque enorme, circundado de madera angulosa por su base, retenía una gran cantidad de agua donde antes, desde hacía décadas, no había habido nada.
—¡Lo ve padre! Jajaja. Ya le dije que antes de venir aquí se sorprendería, ¿eh? ¿Hará caso a un borracho, padre?—preguntaba retóricamente, a medida que bebía, e intentaba incorporarse infructuosamente para no caerse al suelo.
Traté de ayudarle a levantarse. Cuando me buscó en la parroquia local no me pareció tan afectado, pero mi alcance inicial se quedo corto. Unos minutos le bastaron para emborracharse del todo.
—Agárrate a mí, Roby. Tienes que dejar el alcohol, te está matando poco a poco. ¿Por qué me has traído aquí?
—El alcohol no mata, es bueno padre—ensanchó una sonrisa. Le dio otro trago—. Ya le comenté mis razones de los porqués que hicieron naufragar al Victoria. Yo lo sé, ¡y está en ese maldito tanque!
—¿Qué quieres decir? Dame la botella, Roby.
Roby me dio un manotazo, sin ningún miramiento. Sus duras manos, cuarteadas por el mar y sus compactos huesos, me hicieron soltar un apunte de dolor, pero sentí una profunda lástima por su incontrolable estado.
—Ni se le ocurra volver a hacerlo—dijo, conteniendo su ira en su boca—. Le aprecio, pero no me importa que me cuelguen, ¿me entiende, no? No tengo nada que perder, bueno, si no contamos con la botella de ron. —Le pegó otro trago, hasta acabarla.
No me di cuenta de la auténtica envergadura del estado de Roby. Su rostro estaba moteado por las salpicaduras de numerosas borracheras, se cansaba, le costaba respirar, y el único objeto saludable que podía destacar eran sus acuáticos ojos. A pesar de ser alguien profundamente apenado, mis años en la parroquia me sirvieron para detectar los realmente insalvables, de los que tenían una mala suerte en la vida y la guardaban en lo más profundo de su corazón.
—¿Quieres que te lleve a casa?
—¿Casa?—rió—. Padre, en verdad es usted un santo—enunció tirando la botella contra el suelo y rompiéndose en mil pedazos—. Dígalo sin aspavientos, ¡hombre! Ésta es mi pocilga, diría yo.
—Tienes razón, me equivoqué, ¿pero qué importa eso ahora? ¿Vamos?
—Yo de aquí no me muevo hasta que vea lo que contiene ese tanque. El capitán tenía razón, y no sé por qué puñetas fui el superviviente, hasta este momento, claro…
—Creo que estás demasiado borracho, Roby. Venga, arriba. —Hice fuerzas con las piernas, pero era muy robusto y pesado.
—Lo suyo es el pregón, padre, porque de fuerza andamos escaso…
—Ayúdame, empuje—apreté los labios e hice fuerza hacia arriba—, vamos, ayúdeme…
—Mire lo que tengo, padre.
En aquella oscuridad luminosa, llena de abandonadas máquinas de reparación de talleres y de mesas de trabajo, Roby sujetaba entre sus manos un cuaderno. La bitácora del Victoria que no se encontró en el juicio. La pasta y sus hojas estaban tan arrugadas, que parecían tener doscientos años.
—¿De dónde lo has sacado? ¡Estás loco!, pueden colgarte por esto… ¿Lo tenías tú?, ¡dímelo!
Roby me agarró por los cuellos de la sotana.
—Todavía no hay nadie que me haya gritado y se haya quedado para masticar bien la comida al mismo tiempo, padre. Pero le necesito—toda su ira se apagó—, necesito que interceda entre mi alma y lo que hay en este cuaderno y ese tanque.
Le solté. Aquel tanque, de una altura quizá de unos nueve pies jamás había estado allí. La madera y su diseño eran exteriores a nuestras costumbres, y los clavos, de acero reforzado, mantenían una firme disposición a que la presión y su solidez siguieran así. Estaba tapado con una rejilla de acero fortalecido. Me costó pensar que el Victoria lo hubiera dejado allí realmente después de su desastre naval. Debido, sobre todo, a que el desastre fue en plena mar, a unas doscientas millas de aquí.
—Roby, Roby…—Por más que le llamaba se había quedado desvanecido. Estaba completamente borracho. Le moví de un lado a otro, pero fue inútil. Entre el viento y el sol exterior que se colaba por las ventanas desconchadas del astillero, me sumí en su polvorienta lectura.
Roby ya había marcado la página que me interesaba, el resto, eran puras sugestiones de una desconocida comitiva al África más septentrional por orden del rey Agustino. Una fugaz visita a sus colonias recientemente conquistadas. También, había anotaciones apresuradas de precios, y datos precisos sobre un “aculaste”. No entendía bien qué significaba aquello. Antes de pasar a la página que me marcó Roby vi la significación del término: lo empleaban para referirse a ajustes sobre el codaste, el trinquete, y el arriar apresurado.
“Hoy llegamos a nuestro destino—afirmó el capitán—. Desconozco si la historia es veraz o no, aunque lo único que nos importa es el dinero para hacer unas apresuradas reparaciones en la quilla del barco y ampliar los bodegones de carga. Tampoco estaría de más nivelar el gobernalle de la embarcación: sufre de desvíos importantes.”
—¿Lo ha leído?
—¡Jesús!—exclamé, sobresaltado.
—¿Lo ha leído?—Sus ojos estaban abiertos como persianas atascadas, y me miraba con una sonrisa burlona y juguetona.
Pasé a las últimas páginas.
—Aquí leo que en realidad había dos Victorias, ¿por qué? ¿Y qué era tan importante?
—Lea, padre, lea.
Seguí leyendo.
—¡Dios mío!
—Veo que ya se ha dado cuenta…
—Había dos carracas que se llamaban igual, sólo que la nuestra naufragó debido al temporal y los apresurados ajustes que nunca se hicieron.
—¿Cómo sabes todo eso? Yo creí que estabas donde naufragaste.
—No padre, creí que ustedes eran también buenos mentirosos.
—No me ofenda, o me iré de aquí, bien lo sabe Dios.
—Bueno, bueno, mentiras piadosas, como la que le estoy contando, aunque es la verdad de todo, claro. Estaba calculado que en la travesía de vuelta y las rutas más favorables del viento del oeste, el primer Victoria fracasaría por sus pesados cargamentos que lo hacían inestable a los virajes y por la falta de precisión de los medios para gobernarlo: solo había que elegir la ruta adecuada y el tiempo justo; el segundo, dejó este enorme tanque de agua aquí como precio y chantaje al rey Agustino. La buscó por todas partes, ¿pero quién buscaría en un astillero abandonado? Hay que echarle imaginación, ¿no cree?
—¿Y el resto? ¿Cómo tienes el cuaderno, y que pasó en el juicio?
—Yo qué sé, quizás estén muertos, o quizás no. Todo estaba amañado, padre. El cuaderno fue fruto de un generoso soborno a la tripulación de rescate, que más bien, fue poco. Y el juicio fue toda una pantomima para negociar con nosotros sobre el precio del tanque, claro. Con ese cargamento, no hacer chantaje sería de tontos, ya sabe que la opinión pública es muy importante, y teníamos nuestros contactos, claro está. Pero si le he traído hasta aquí es por el tanque, nada más. El resto es cosa mía.
—¿Qué hay en el tanque?
—Jejeje. ¿Quiere verla?
—¿Verla?
—Veo que va entendiendo, tenga cuidado, la razón por la que llevo aquí desde hace un montón de días es ella. Aunque seguro que las autoridades me buscan, ¿no? Estuvieron a punto de cogerme más de una vez, pero las desapariciones de nobles les tienen desconcertados. Eso sin contar el ganado, algunos campesinos…Creo que aprendió a abrir la envoltura metálica royendo los clavos de anclaje. ¿Me ha oído, padre? ¡Clavos de acero!, ¿qué es el hueso contra eso?
Estaba profundamente impresionado. No sólo por el ambiente siniestro que empezaba a tomar forma en aquel lugar y el polvo rancio, también aquel tanque contenía algo de muchísimo valor, pero la sola mención de que pudiera ser un serio peligro me heló el corazón. Y lo realmente curioso es que, donde estaba, quieto y sin signos evidentes de amenaza, el solo hecho de estar en calma ya me mantenía asustado y en guardia.
—Creo que estás borracho y de que estás jugando conmigo. ¿Por qué haces esto?
—Veo que está asustado, no quiero ni pensar en qué hará cuando la vea…
—¿Qué quieres decir cuándo la vea?
Mis oídos me pusieron en alerta de un chapoteo. El silencioso lugar desplegó sus alas de temor y me abrazó a mirar en aquella dirección; Roy, desprendía su dejadez en una sonrisa bucólica mientras me repetía, véala padre, véala, y no se ofenda si le digo que todos ustedes son unos mentirosos…
La envoltura se abrió, y pude ver una pierna y un muslo humanos… En realidad, casi, pues el muslo tenía un fémur mucho más grueso y alargado que el nuestro, sus rodillas eran recias y poco dispuestas a ser flexibles, engarzadas, en una tibia y peroné enormes; la piel, verdosa y escamosa era de un verde oscuro, que cambiaba camaleónicamente y sonora al agua que se caía por el perfil que pude ver. Inmediatamente, despareció de mi vista entre las sombras, y un chapoteo que me llevó a pensar que caminaba como nosotros entre murmullos sordos, me puso en la dirección correcta de la repetición de sonidos salvajes.
—Dios mío, ¿qué es eso, Roy?
—Es ella, padre. Lo que nos trajimos de África, ya se lo dije. Nunca dejará que me vaya.
Agarré el crucifijo e imploré a Dios que no fuera una amenaza entre las sombras. El sudor y las certezas de estar en peligro me hicieron correr hacia la salida.
—No lo haga, padre, es muy rápida. Devoró a nuestro guía en menos de un santiamén.
Me quedé inmóvil, atado por esas palabras. En ese preciso instante, algo respiraba detrás de mí, en mi nuca, sin moverse; pero atenta, a cualquier indicio de huida.
—¿Qué eres?—pregunté, apretando las manos contra el crucifijo.
El ser, con todo mi corazón en un puño, repitió con cierta dificultad las mismas palabras.
—¿Qué eres?
Quise darme la vuelta y ver qué era lo que repetía mis palabras con una voz deforme y deshilachada; pero no pude, ya que tuve un miedo que se me metió en lo más profundo de mis huesos. Devorando mi valentía.
—No se mueva, padre. Quiere jugar, divertirse.
No podía ni siquiera pronunciar una sola palabra. Un olor rancio, acuoso, y fosforito a mi olfato me indujo a estar petrificado. Había sentido por un momento en lo más profundo de mi vocación que, aquella visita, fue un completo error.
El sonido plastificado se perdió en la distancia, casi inmediatamente después de escuchar un olfateo, profundo y atento alejado de mí.
—Tranquilícese padre. Cualquiera diría que se va a mear en los pantalones.
Permanecí dándole la espalda, aunque a juzgar por el sonido de su voz, Roby se había incorporado del todo.
—¿Sabe por qué en realidad le he traído aquí?
—¿Cómo?
—Vamos padre, no se haga el remolón, dese la vuelta, hombre. Quiero que lo vea.
—¿Qué es esto, Roby?, no puedo creer lo que escucho.
—A ver, no me interprete mal, padre—dijo con tono de burla—, sólo quiero que se gire, nada más.
Me giré, despacio, poco a poco sobre mi cadera. Allí, estaba Roby, de pie y con una mirada que ocultaba una serie de intenciones a la deriva.
—Al fondo, en la oscuridad, padre, en la oscuridad.
No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Tenía las vagas sospechas de porqué el rey Agustino querría una criatura como aquella, y no me extrañaba en absoluto que la Iglesia estuviera de por medio, instado por alguna bula papal secreta.
Ante mí, cubierta en la oscuridad y el silencio exterior, había una criatura, de no más de siete pies de altura. Sus piernas, eran casi humanas, pues el fémur enorme que vi, junto a la tibia y el peroné que eran poco móviles, impedían a la criatura a un bidepismo completo. Debido a ello, iba encorvada, con la columna dibujada en su espalda. Los pies, eran dedos humanos, pero de enormes uñas curvas, cubiertos de una piel gruesa y escamosa.
Podía sentir que la criatura jugaba con nosotros, que nos miraba desde dos puntos centelleantes en la oscuridad. Comenzó a caminar evitando la luz del sol, pero no pudo alejarse completamente de él, viendo unas manos enormes, de finísimos dedos coronados por uñas curvas. Sólo tenía cuatro en cada mano y en cada pie. El dedo corazón era exageradamente largo, y sus manos, no estaban hechas para otra cosa que para poder agarrarse a las ramas de los árboles o pegar zarpazos fugaces. No podía verle la cara, pero juraría que aquella casi mujer natural, era ciega ante el sol, por la manera en que lo evitaba, y por los círculos luminosos que salen en la oscuridad de sus ojos lejanos.
—Ven, sirena. Ven…—dijo Roby, haciendo señas.
—¡¿Pero qué haces, insensato?! ¿Acaso quieres que te mate?
—Padre, ¿olvida por qué estoy aquí? Ya le dije que no me dejaba ir, y es por una buena razón.
—Creo que no te entiendo, Roby.
—¿Preferiría que tuviera una botella de ron en vez de esto, verdad?—apuntó señalándola, entre carcajadas.
—Siempre pasa lo mismo—Roby se tocó el paquete, moviéndolo entre sus manos—. Vengo haciéndolo desde días, y días: me tiene seco, pero tiene que ser cuando haya luz, de lo contrario, podrían pasar, cosas—apostilló, con énfasis.
—¿Cosas?
—Como le veo muy perdido, será mejor que se lo muestre. —Roy estaba de pie, gritando el nombre de sirena, una y otra vez, sin reparar en mis emociones. Parecía increíble que se hubiera recuperado de su anterior estado, pero estaba seguro de que por lo que había dicho, había hecho esto cientos de veces, y seguramente, había sido víctima de un engaño, sin saber muy bien por qué.
—Sirena, bonita, ven, ven.
Aquel ser era totalmente femenino. No había dudas, pues al acercarse a Roby, vi unas anchísimas caderas, fruto de dar a luz un engendramiento o varios; sin embargo, lo que más me llamó la atención de lo que estaba viendo, fue que tenía un enorme apéndice en su parte posterior, a modo de aguijón, lleno de anillas de colores negros y verdes claros.
—Agáchate, bonita. —Roy cambió su estado de ánimo por completo. Su rostro estaba alegre, sonriente, y preparado para algo que no podía entender. De su dedo corazón, colgaba un anillo de hilo de cobre al que no presté atención en un primer momento.
La criatura se acercó, y al ver la cara, no pude sentir un choque inmenso en mi interior.
—Tranquilícese padre, o le matará. Ahora le aconsejo que no haga ningún movimiento en falso. Es muy agresiva cuando va a reproducirse.
Su visión era la oscuridad, no había duda. Dos pupilas enormes, estaban encajadas en unos ojos de huesos esfenoides prominentes, carentes de cejas, pestañas, y de iris; por el contrario, sus facciones gozaban de rasgos simiescos que le daban una rudimentaria aproximación a nuestra especie. No tenía labios, en su lugar colgaba un aro de carne, con los dientes en forma de sierra hacia fuera y en forma de cono para desgarrar como una picadora y succionar cuando era necesario.
La sirena, repitiendo las palabras que daban forma a su nombre se puso de espaldas a él, antes de quitarle el anillo de hilo de cobre con mucho cuidado de la mano de Ruby.
—¿Qué vas a hacer?—pregunté, viendo el animal de espaldas a Ruby, y con el cuerpo bañado por el sol, y en consecuencia desorientado por su falta de agudeza visual.
—Ah, perdóneme, padre. Sé que ustedes con el celibato no pueden hacer, bueno, ya sabe, follar. Y es lo que voy a hacer, como todos los días anteriores, pero tranquilo, no le he traído por eso, ni por cosas de mi alma, le mentí. En realidad, quiero que me case con la criatura, formalmente. Siento náuseas cada vez que… Podría ser un pariente muy cercano a nosotros, ¿tendrá alma?
—¡Has perdido el juicio!—al exclamar, la criatura se puso nerviosa—. ¿Me estás pidiendo que te case con semejante aberración, y de esta manera? ¡Estás loco!
—No voy a darle explicaciones, usted no sabe lo que es ser marinero y con unas irrefrenables ganas de sexo, aunque cómo tendrá que tener eso, por Dios. Si no nos casa…, bueno, puede no hacerlo. ¡Qué sé yo! Eso sí, no se vaya de lengua, padre o, ya sabe, ¡ras, ras!—gesticuló, haciendo el movimiento horizontal de un cuchillo de oreja a oreja.
La criatura empezó a decir las mismas palabras: sirena, sirena, oh, hazlo así, amor, amor. Folla, folla, más adentro, ¡más!
—Me marcho de aquí—apreté los dientes y los puños—. Nunca imaginé semejante obra del Diablo; y nunca imaginé que estuvieras tan enfermo, Roby. Todos sabrán de esto, ¡ya lo creo que sí!
Me moví rápidamente para salir de aquél lugar, pero vi que la criatura, empezó a emitir un chillido penetrante y doloroso que me hizo caer de rodillas, casi mareado.
—Ya le dije que no hiciera tonterías, padre. Mire. —Roby señaló un extremo del tanque.
Tres criaturas, visibles, estaban con sus luminosos ojos al acecho, quietas, pero preparadas para un eficaz ataque.
—Yo ya estoy acostumbrado a estos gritos, aunque me tapé por si acaso los oídos, jeje. Por eso quiero que me case, padre. ¿No lo entiende? Son mi descendencia. ¡Mis hijos e hijas!
—¡Jesús! ¡¿Qué has creado?! Jamás consentiré que corrompas un sacramento de esta manera. ¡Te maldigo, ¿me oyes?, te maldigo!
—Lo que usted quiera, pero yo seguiré con lo mío.
Roby metió un dedo en el órgano en forma de aguijón de la sirena. Se revolvió, humanamente, y hasta casi podía asegurar que sentía vergüenza de ese acto. ¿Realmente esa criatura le había quitado el anillo simbólicamente? No podía asegurarlo, aunque algo me decía en mi interior, que así era.
Roby metió más profundamente el dedo, la criatura volvió a sentir un estremecimiento. Advertí, que tenía un par de pechos desinflados, flácidos, despuntados por botones peludos en forma de pezones sin desarrollar.
—Prepárate pequeña, vas a saber lo que es un marinero. Por cierto, padre—dijo mientras se bajaba el pantalón—, ¿quiere saber por qué el resto de la tripulación no está aquí?—Roby estaba nervioso, respirando y sudando profundamente—. Lo sabrá si piensa qué hay en el fondo del tanque, y de qué se han alimentado mis pequeños. No compartiré jamás a mi pequeña con nadie, ¡jamás! Y mucho menos en la forma que la trataban los antiguos tripulantes del Victoria, ¡malnacidos!
El pene de Roby quedó al descubierto. Una espuma, burbujeante y fina afloro en el órgano sexual de la sirena. Roby, la penetró, poco a poco, pero sintiendo un enorme gozo interior. Observándole detenidamente, comprobé que las pintas de su cara y el estado que vi en un principio no era de embriaguez, mas bien, tenía una enfermedad galopante que desde sus piernas, hasta su ingle, estaban amoratadas por carreteras de infección. Su cuerpo estaba manifestado abiertamente una galopante enfermedad de la que, probablemente, había contraído por culpa de la sirena. Sin embargo, entre ambos ejercían una simbiosis de profunda dependencia.
Cada una de las venas estaba inflamada, morada, y con coágulos que difícilmente inducían a pensar en un estado sano. Las salpicaduras de su cara podrían ser confundidas con pecas, si no llega a ser por el profundo recuerdo de mi memoria de que eran como restos de una metralla en forma de quemazón.
Roby estaba enfermo. Sólo Dios sabía de qué, y cuánto duraría en ese estado. Lo asombroso, es que todavía se mantenía en pie, pero el mar y su constitución física, podían dar fácilmente una explicación lógica a su asombrosa resistencia. Y la tremenda suerte de haber permanecido en ese lugar desde el desastre del primer Victoria sin ser descubierto.
Me quedé unos pocos segundos o quizá minutos viendo el rostro apepinado y prominente de aquel ser llamado sirena. No había caído en la cuenta de que, en su torso, tenía unas costillas, como las nuestras, pero mucho más frágiles; en los costados, unos cortes rosados me daban la sensación de ser branquias que estaban inactivas. Hasta el momento, su respiración era muy parecida a la nuestra, es decir, pulmonar pero de mayor capacidad.
Era incapaz de abandonar la visión del acto sexual de ambos. Roby Wake lo habría hecho un montón de veces, y su pene se introducía una y otra vez en ese aguijón en forma de vagina insectívora. Lo realmente extraño para mí, era comprender cómo alumbraba esa criatura: ¿tendría una manera distinta, perdida en nuestra evolución de dar a luz? ¿Y cuánto duraba supuestamente ese proceso? Al momento, caí en lo que dijo Roby Wake…
«Quiero que me case, padre. Tengo descendencia»
Corrí hacia la puerta, pero fue inútil. A ambos lados, pegados en las paredes había dos seres muy parecidos a la sirena, y en contraposición, de su cuello hasta su cabeza eran totalmente distintos. Tenían el rostro deformado de humanos mezclados con monos prehistóricos, manos que eran casi palmas, pero el resto, era completamente de un tiempo huraño, olvidado a la memoria de nuestra especie humana. Me miraban pacientes, con esos ojos luminosos desde la oscuridad pobre de ambos lados de la puerta. Quizá, tuviera una posibilidad si podía correr hacia la puerta de salida, enfrente de mí, pues en el exterior, hacia sol.
Miré hacia atrás viendo que unas púas inmovilizaban el cuerpo de Roby Wake, por la parte superior de su pene, en el vello púbico. Así no podría moverse antes de la eyaculación. Las mamas de la sirena se pusieron más duras, y más proactivas al contacto de las manos de Roby. Distinguí un oleoso gemido, y a Roby, taladrándola sexualmente, a punto de explotar.
No tuve tiempo para pensar, salí corriendo, sin interrupciones, sin la muerte una vez que alcance la luz en mis talones. Aquel aquelarre sexual quedó en el astillero mientras corrí sin mirar atrás, respaldado por el color de la justicia. Lo denuncié a las autoridades locales, les insté con todas mis fuerzas a que fueran al desvencijado astillero, pero cuando llegaron, no había ni rastro de mi convincente testimonio. Les imploré que buscaran, que miraran en la única esperanza que me quedaba: el fondo del tanque de agua, pero eso fue mi perdición. Justo en el fondo, estaban los restos de la tripulación del Victoria, el cuaderno de bitácora, y el cadáver lleno de gases contenidos por todo el cuerpo de Roby Wake. Ni una sola huella, ni una gota de sangre, nada más que recuerdos de mi futura acusación.
Acusado con todas las pruebas y como único sospechoso principal del crimen y sin una base fundamental de mi inocencia, me encarcelaron. Cogí el crucifijo y le recé durante toda la noche a las fuerzas que aún supieran lo que era la justicia, el perdón, y por qué no, el olvido de aquella escena dantesca. Miré a través de los barrotes de la pequeñísima ventana de la celda: todo en el exterior era noche, pero tras unos segundos escuché una respiración familiar, y unos inquietos pasos, seguidos de intercalaciones entre un excavar y un sonido acuoso y fresco.
Saqué todo lo que pude la cabeza, teniendo como tope los barrotes de la ventana y al frente mis ojos. Debajo de mi vista, los pequeños hijos de la sirena escalaban las paredes para atraparme; y cuando me gire, grité de puro terror: los ojos de la sirena estaban mirándome, deseosos de reproducirse con alguien nuevo, y que nunca lo había hecho. Quería mi virginidad. El suelo, estaba lleno de hoyos simétricos, perfectamente hechos: aquella fue la manera de evitar el sol, y las miradas de los agentes en el astillero.
Me metí para adentro, nervioso, temblando y con el crucifijo entre mis manos. La sirena, reprodujo unas palabras que me hicieron enloquecer en mi celda: ¿Qué eres? ¿Quieres follar conmigo? ¿Por qué no nos casamos? ¡Muévete puta! ¿Te duele? Luego se reía, aunque no hubiera nada de alegría en su tono de voz.
Por último, levantó el dedo extremadamente largo y se quitó el anillo de hilo de cobre, escupiéndolo dentro de la celda mientras los pequeños gritaban de ansiedad: ¡Hambre, Hambre!


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